Alberto Aguirre Ceballos

Abogado, Periodista y Escritor. Nació en Girardota, Antioquia, Colombia el 19 de Diciembre de 1926, falleció en Medellín, Colombia el 3 de Septiembre de 2012. En la gráfica Alberto Aguirre Ceballos con Alfredo Vanegas Montoya, en la Biblioteca de Alfredo.

Alberto Aguirre no aceptó la condecoración Orden Cámara de Comercio de Medellín que le fue conferida por la institución a petición del Presidente Alfredo Vanegas. Este fue su mensaje: «Mi querido Alfredo: Ante todo, mil gracias por tu generosidad. Y quiero que leas este texto que expresa una vieja postura. Te llamaré, ALBERTO AGUIRRE

C U A D R O  –   ALBERTO AGUIRRE:

“No se ve bien un periodista condecorado. Porque el gancho de la medalla no sólo punza, sino que ensarta y compromete. Y más cuando la medalla va acompañada de billetes, que acaban de operar como losa agobiante. De veras que todo condecorado es mortecino, pero en el periodista esa punción y esa pesadez obran de modo aún más tenebroso. Porque le van robando su airada independencia.

Por eso es que no sueria bien este «Premio Nacional de “Periodismo Simón Bolívar», que patrocina un conglomerado financiero con fuerte incidencia en la vida nacional. No entremos en el reino de las intenciones, que han de suponerse buenas y santas. Pero visto objetivamente, el periodista condecorado, por el solo peso de la medalla y los billetes, pierde, quizás aparentemente, algo de su independencia. Y en este oficio ha de guardarse la entereza y la soberanía aún en el reino de las apariencias. Bien decía Daniel Samper Pizano (El Tiempo, 10 feb. 82): «La única condecoración valedera del periodista ha de ser el respeto, la credibilidad y el afecto de los lectores».

Ya en las bases del premio Simón Bolívar hay un punto que molesta, pues tiene el viso de una docilidad inducida. Exige el reglamento (EL MUNDO, 14 mayo): «Los concursantes deben acompañar sus trabajos de (sic) una hoja de vida y el alegato de los méritos». Como pidiendo puesto. En actitud reverente, el periodista ha de «alegar» por sus propios méritos,”

“A fin de ganarse una medallita (de plata) y 80 mil pesos. Acude al tribunal examinador, presentando, no sólo la minucia de su vida, sino el alegato de sus propias virtudes. No es bonito.

Así, en bloque, no es bueno este premio para el periodismo colombiano. Porque debe evitarse todo maridaje entre la prensa y la empresa privada. Y es obvio que esta regla de distanciamiento ha de operar, y en mayor grado, frente a las entidades del Estado. Cualquier condecoración, como cualquier prebenda, genera una tendencia de sumisión o de complacencia, que no es fácil resistir. Y puede asordinarse la crítica. No ha de caer sombra alguna sobre la rabiosa independencia del periodismo colombiano.

Hay que permanecer con el pecho limpio. Que no impida el paso ninguna medalla, ninguna prebenda, ninguna canonjía.

Que nadie, ni la perspectiva de un puesto o de un diploma o de mil billetes, nuble la vista o haga temblar el pulso. Se siente complacencia al saber —aquí en la intimidad- que uno, nunca, será condecorado. Ni con este premio ni con medalla o cruz o carriel alguno, de ninguna fuente u origen.

No importa cuál sea la intención, actual o eventual, de los otros; aquí dentro, uno sabe que nunca sobrellevará condecoración, que nunca ocupará puesto, que nunca recibirá canonjía. De especie alguna, ni siquiera nimia. De nadie.

Con esta seguridad interior se tiene la certidumbre de aquella tenaz independencia, de la cual se dan a diario muestras palpables. Y se logra la fortaleza para afrontar todos los riesgos.

Solo, ya para siempre, en el oficio crítico, sin que lo empañen ni puestos ni condecoraciones.

Así se vive más tranquilo. Y se puede buscar serenamente ese amor del lector anónimo y (ojalá) vasto, que es la única gloria de este oficio”.

21 de mayo de 1982